
Nunca he entendido
por qué las lágrimas,
que van quemando atajos en la piel,
no son rojas, no son sangre;
¿no son, tal vez,
fruto de las peores heridas?
...
Son de agua y son de sal,
sorbos de los mares interiores
que, en la marea triste o alegre del pensamiento,
relucen húmedamente,
tierna y tímidamente.
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